Antes de que un niño sea capaz de verbalizar o deducir lógicamente lo que otra persona piensa, su cerebro ya está preparado biológicamente para sintonizar con el entorno social. Es aquí donde las aportaciones de la neurociencia cognitiva resultan fundamentales:
El doctor en neurociencias Francisco Mora sostiene que el cerebro humano es un órgano social que solo se activa significativamente a través de la emoción: "solo se puede aprender aquello que se ama" (Mora, 2013). En el contexto de la ToM, Mora rescata la importancia crítica de las neuronas espejo.
Estas redes neuronales, ubicadas en áreas motoras y premotoras, se activan tanto cuando realizamos una acción como cuando observamos a otro realizarla. De acuerdo con Mora (2024), este sistema permite una simulación directa, visceral y empática de las acciones e intenciones ajenas mucho antes de que se consolide el razonamiento cognitivo complejo. La ToM no se construye como una fría deducción matemática, sino que nace de este "contagio emocional" primitivo y de la necesidad adaptativa de supervivencia en comunidad.
Por su parte, el genetista y neuroeducador David Bueno explica que la adquisición de la ToM depende directamente de la plasticidad cerebral y del entorno en el que se desarrolla el individuo (Bueno, 2017). El cerebro infantil es sumamente maleable; no nace programado con una ToM completamente funcional, sino con la potencialidad de desarrollarla.
Bueno (2021) subraya que las interacciones cotidianas y el juego simbólico actúan como los verdaderos "escultores" de las redes neuronales implicadas en la ToM. Al jugar a "ser otros" (médicos, profesores, superhéroes), los niños ensayan la atribución de estados mentales, consolidando las sinapsis en la corteza prefrontal y la unión temporoparietal, áreas clave para el procesamiento social y la empatía.
Las neuronas espejo son un tipo de células cerebrales que se activan tanto cuando realizamos una acción concreta como cuando vemos a otra persona realizar esa misma acción.
Básicamente, funcionan como un "simulador mental". Cuando un niño observa a un adulto o a otro niño hacer algo, su cerebro activa las mismas áreas motoras y emocionales como si lo estuviera haciendo él mismo. No son un interruptor mágico que explica toda la mente humana, sino una red biológica clave que facilita el aprendizaje por imitación, el desarrollo del lenguaje y la empatía.
En resumen, cada vez que un niño observa el mundo, su cerebro está practicando en silencio. A través de este mecanismo, el entorno social moldea directamente su aprendizaje y su forma de relacionarse emocionalmente con los demás.