El camino hacia la ToM no comienza de la nada; requiere un andamiaje cognitivo previo y fundamental que Jean Piaget denominó permanencia del objeto. Este hito (que se consolida entre los 18 y 24 meses) es la capacidad de comprender que los objetos físicos siguen existiendo aunque dejen de ser visibles.
La permanencia del objeto es una condición biológica e instrumental e indispensable para la ToM por tres razones:
Desde la neuroeducación, Bueno (2017) nos recuerda que el cerebro recicla circuitos. Las áreas prefrontales y los sistemas de memoria de trabajo que el niño entrena para recordar dónde está el juguete escondido son las mismas redes neuronales que años más tarde se conectarán con la unión temporoparietal para procesar las creencias ajenas.
Para evaluar científicamente en qué momento los niños consolidan esta transición desde el mundo físico de los objetos al mundo abstracto de las mentes, la psicología del desarrollo diseñó la tarea de la falsa creencia.
Este paradigma fue creado originalmente por los psicólogos austríacos Heinz Wimmer y Josef Perner en 1983, quienes utilizaron una historia de marionetas protagonizada por un niño llamado Maxi que guardaba un chocolate (Wimmer & Perner, 1983). Sin embargo, el experimento alcanzó su fama mundial y su formato definitivo en 1985, cuando Simon Baron-Cohen, Alan M. Leslie y Uta Frith lo adaptaron para crear la famosa "Tarea de Sally y Ana" (Sally-Anne test), diseñada originalmente para estudiar la ToM en niños con autismo (Baron-Cohen et al., 1985).
El experimento se presenta al niño utilizando muñecas o viñetas que escenifican la siguiente secuencia:
En este punto, el evaluador realiza tres preguntas fundamentales al niño:
Las preguntas de control garantizan que el niño no tenga fallos de memoria o atención. El verdadero desafío reside en la pregunta de la creencia, donde el niño debe inhibir su propio conocimiento de la realidad (sabe que la canica está en la caja de Ana gracias a la permanencia del objeto) para comprender que el estado mental de Sally es diferente y que ella actuará guiada por una representación equivocada de las cosas (una falsa creencia).
Es la capacidad cognitiva de comprender que los objetos y las personas siguen existiendo aun cuando no se pueden ver, oír, tocar ni percibir a través de ningún otro sentido.
Para un recién nacido, el mundo funciona bajo la premisa de "si no lo veo, no existe". Cuando un objeto sale de su campo visual, este deja de existir en su mente. El desarrollo de la permanencia del objeto marca el paso de un estado puramente reflejo a la capacidad de generar representaciones mentales, lo que sienta las bases de la memoria, el lenguaje y el pensamiento abstracto (Mounoud, 2001).
Fue descubierta y teorizada por el psicólogo y epistemólogo suizo Jean Piaget durante la década de 1930.
Piaget llegó a esta conclusión mediante la observación detallada y sistemática de sus propios hijos en su entorno natural. En su obra fundamental La construcción de la realidad en el niño (publicada originalmente en francés en 1937), Piaget describió que esta habilidad no es innata, sino que se construye de forma gradual a lo largo de seis subetapas durante el período sensorio-motor (desde el nacimiento hasta aproximadamente los 24 meses de edad) (Castaño, 2005; Ortiz Soto, 2013).
La evolución de esta capacidad transforma la manera en que el bebé interactúa con sus cuidadores y su entorno doméstico. Se vuelve latente en tres escenarios clásicos: